“El plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15).
En este texto de Marcos, resume el contenido de la predicación de Jesucristo. Es un llamado al hombre a orientar toda su vida desde la realidad transformadora del Reino de Dios que se hace presente en su persono.
Es un mensaje de alegría y buena noticia. Dios amor es Padre de todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y razas. Jesucristo inaugura el Reino de Dios que se propone a desplegar toda su fuerza transformadora en las sociedades. En Él, Dios nos ha elegido para que seamos sus hijos con el mismo origen y destino, con la misma dignidad, con los mismos derechos y deberes vividos en el mandamiento supremo del amor.
El Espíritu ha puesto este germen del Reino en nuestras vidas como seguidores de Jesucristo. El Reino en nosotros crece por la gracia de la conversión permanente gracias a la Palabra y Espíritu Santo.
Las señales evidentes de la presencia del Reino son: la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas, la evangelización de los pobres, el conocimiento y cumplimiento de la voluntad del Padre, el martirio por la fe, el acceso de todos a los bienes de la creación, el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad, y la lucha para no sucumbir a la tentación y no ser esclavos del mal.
Ser parte del Reino nos lleva a ser predicadores como Jesucristo desde la perspectiva del Reino que es una tarea prioritaria para contribuir a la dignificación de todo ser humano.
El amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia, requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los ámbitos nacionales e internacionales.
La dinámica del Reino en los seguidores de Jesucristo nos debe llevar a buscar una liberación integral que dignifique al hombre como creatura de Dios. También de testimonio del amor y de justicia, para que se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana.
En conclucion el Reino trabaja parta colocar al hombre a su dignidad original, como dice el Salmo 8:5-6,
“Pues le has hecho poco menor que los ángeles, Y coronástelo de gloria y de lustre. Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; Todo lo pusiste debajo de sus pies:…”
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