A todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesucristo les dice: " Bienaventurados los pobres" (Lucas 6:20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos “Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?” (Lucas 5:30), tratándoles como a iguales “Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.” (Lucas 7: 34), haciéndolos sentirse amados por Jesucristo y manifestando así su inmensa ternura hacia los necesitados y los pecadores (Lucas 15: 1-32).
La liberación y la salvación que el Reino de Dios trae consigo alcanzan a la persona humana en su dimensión tanto física como espiritual. Dos gestos caracterizan la misión de Jesús: sanidad y perdonar. Las numerosas sanidades demuestran su gran compasión ante la miseria humana, pero significan también que en el Reino ya no habrá enfermedades ni sufrimientos y que su misión, desde el principio, tiende a liberar de todo ello a las personas.
En la perspectiva de Jesús, las sanidades son también signo de salvación espiritual, de liberación del pecado. Mientras sana, Jesucristo invita a la fe, a la conversión, al deseo de perdón “Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Lucas 5: 24).
Recibida la fe, la sanidad anima a ir más lejos: introduce en la salvación “Jesús le dijo: Recíbela, tu fe te ha salvado." (Lucas 18: 42). Los gestos liberadores de la posesión del demonio, mal supremo y símbolo del pecado y de la rebelión contra Dios, son signos de que "ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mateo 12:28).
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